Martin Luther King, el líder participativo que cambió el rumbo de Norteamérica

Ponte por un momento en la piel del pequeño Martin. Tenía solo seis años cuando dos amigos blancos le dijeron que no estaban autorizados a jugar con él. Imagina todo el peso del segregacionismo cayendo sobre tus pequeños hombros. La ciudad enrocada en una foto analógica de odio, inquina y violencia, con todas esas miradas esquivas y el murmullo incesante a tus espaldas.

Tanto dolor podría haberse traducido en rencor y autoritarismo, pero floreció al contrario. Y en el invierno de 1955, cuando Rosa Parks, una mujer negra, fue arrestada por no querer ceder su asiento a un hombre blanco en aquel viejo autobús de Alabama, King decidió iniciar su lucha pacífica. No tenemos otra opción que la protesta, dijo. Porque nunca contempló la violencia como respuesta al odio.

Ya entonces, bajo su liderazgo, dieciocho personas se reunieron en una iglesia para discutir la estrategia del boicot a la compañía de autobuses. Fue la primera vez que el hombre que estaba llamado a cambiar para siempre la historia de los afroamericanos ejerció su papel como líder participativo. Y en una ciudad con 105.000 habitantes, 42.000 de ellos negros, aquella acción llevó a la quiebra a la empresa.

Nadie nunca ha cambiado el mundo solo. Ni si quiera los dirigentes más autoritarios. Pero hay muchos estilos de capitanear los barcos, y el método de King se basó desde el principio en escuchar al otro. Se adhirió a la filosofía de la desobediencia civil no violenta, como ya había hecho Gandhi con éxito en la India. Pero el camino no fue fácil. Nunca lo es cuando tu misión consiste en cambiar el rumbo de los acontecimientos.

Así actúa un líder participativo

En el otoño del 58, mientras Luther King estaba firmando ejemplares de su libro en una tienda de Harlem, fue apuñalado por una mujer negra que lo acusó de ser un jefe comunista. Le atacó con un abrecartas que llegó a rozarle la aorta y escapó por poco de la muerte, pero su reacción fue perdonarla. El aspecto patético de esta experiencia no es la herida de un individuo, dijo. Y confió en que aquello terminara siendo socialmente constructivo y demostrando la necesidad urgente de la no violencia para gobernar los asuntos de los hombres.

Así es como responde un líder participativo: basando sus acciones en la búsqueda constante de la motivación, la implicación y el compromiso. Dando ejemplo, escuchando y creciendo con cada acontecimiento, incluso con los más adversos.

De hecho, tras cerca de un año sin resultados tangibles, el movimiento comenzó a debilitarse y a gestar radicales impacientes entre sus filas. Y a principios de los 60, durante una manifestación, varios jóvenes negros cruzaron la línea roja, lanzando piedras contra la policía y dejando en evidencia que la inquina se había colado en casa con sus tenaces dedos. Había que hacer algo por remediarlo, así que de inmediato Luther King exigió el alto de todas las protestas y un día de penitencia para promover la no violencia y mantener la moral. Solo cuando reina un buen ambiente emocional en el equipo los objetivos pueden alcanzarse.

En otros estilos de liderazgo más autoritarios habrá quienes no se atrevan a proponer nada. Sin embargo, cuando eres un líder participativo corres el riesgo de que otros miembros de tu grupo tomen las riendas con un fervor excesivo. Escuchas a todos y no desaprovechas posibles grandes ideas, pero tienes que saber dominar la situación si los actos empiezan a ir en contra de las propias bases de tu proyecto. En cualquier caso, King nunca se planteó ejercer un poder único en el movimiento.

«Cuando se planificó nuestra estrategia meses después, pasamos muchas horas evaluando e intentando aprender de nuestros errores. Nuestro examen nos ayudó a hacer nuestras futuras tácticas más eficaces», explicó tras aquel suceso. Y siempre habló en plural.

Tengo un sueño

En su discurso más famoso desde las escalinatas del monumento a Lincoln, Martin Luther King soñó. Y buena parte de Norteamérica lo hizo con él. Quería que sus cuatro hijos pequeños vivieran en una nación donde no se les juzgara por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter.

Aquellas palabras extendieron por todo el país la conciencia pública sobre el movimiento de los derechos civiles de la población negra, y consolidaron al líder activista como uno de los más grandes oradores de la historia estadounidense. Nadie sabía entonces que a King le quedaban solo 5 años de vida.

El 4 de abril de 1968, a las 18 horas y un minuto, la bala de un segregacionista blanco le atravesó la garganta. La violencia se materializó de nuevo en un gesto cruel que parecía sacado de un poema con triste final. Un disparo silenció para siempre a uno de los más grandes líderes participativos de toda la historia. Martin Luther King fue el hombre que cambió el rumbo de Norteamérica con una única arma: su voz.

Pablo Santxez

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